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Experiencias educativas

Una mañana especial en el Colegio Jean Piaget de Zaragoza

 Hace unos días viví una de esas experiencias que te remueven por dentro y te hacen reconectar con lo esencial: fui al Colegio de Educación Especial Jean Piaget, en Zaragoza, a compartir con sus niños y niñas mi cuento El niño cabeza cubito de hielo no puede secarse el pelo.

Desde que entré por la puerta del centro, sentí que estaba en un lugar diferente. Un lugar cuidado, lleno de respeto, atención y cariño. Me recibió un equipo humano impresionante, con una calidez que me acompañó durante toda la visita.

Contar un cuento que nació del deseo de ilustrar

El niño cabeza cubito de hielo nació de mis ganas de crear un álbum ilustrado. Quería desarrollar una historia que jugara con lo absurdo, lo visual y lo simbólico, que hablara —sin decirlo— de lo que no encaja, de lo raro, de lo frágil… y también del humor.

Llevaba tiempo con el cuento en la cabeza, y compartirlo con los alumnos y alumnas del Jean Piaget fue una de esas pruebas de fuego que terminan por confirmar el sentido de lo que una hace. Al empezar a contar la historia, sentí cómo me acompañaban con la mirada, con la risa, con el cuerpo entero. Algunos se reían imaginando al niño cubito intentando secarse el pelo sin derretirse; otros me miraban muy serios, como si intentaran resolver un enigma. Y había quien no decía nada, pero se notaba que lo estaba viviendo desde otro lugar, más interno.

Fue muy emocionante ver cómo cada uno, a su manera, se conectaba con el cuento. Porque El niño cabeza cubito de hielo no es solo un personaje raro: es una metáfora abierta, que se deja habitar por las emociones de quien lo escucha.

Un entorno donde todo tiene sentido

El Jean Piaget es el centro más grande de Aragón, con unos 100 alumnos y alumnas, y un equipo educativo que acompaña con una sensibilidad excepcional. No hacen las cosas “por hacerlas”, todo tiene intención pedagógica, emocional y humana. Trabajan desde lo sensorial, lo corporal, lo visual, y adaptan cada propuesta a los ritmos y formas de cada participante. Me contaron que utilizan el enfoque del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), y fue muy bonito comprobar cómo eso se refleja en lo cotidiano.

En ese contexto, el cuento encajó como una pieza suave: no como una lección, sino como una historia que se escucha, se imagina, se siente y, si apetece, se comenta.

Una emoción que me llevo puesta

Al terminar, varios alumnos y alumnas se acercaron. Uno me dijo que el cubito podría usar un ventilador, otra chica me abrazó fuerte sin decir palabra. Y yo… yo salí de allí con una mezcla de gratitud, ternura y aprendizaje. Porque a veces una historia sencilla puede convertirse en un puente entre mundos.


Quiero dar las gracias al equipo del CPEE Jean Piaget, por su acogida, por abrirme las puertas de su aula y de sus corazones. Gracias por dejarme compartir este cuento en un entorno donde la educación se vive desde la autenticidad. Ojalá vuelva pronto.

Porque cuando un cuento no solo se lee, sino que se vive en comunidad, la magia ocurre de verdad.

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